viernes, 12 de noviembre de 2010

Un día especial

Otra vez viernes en el calendario.
Para mí los viernes tienen un sabor especial.
Sábado: una pila de ropa por lavar. Los uniformes del colegio... Hace calor, los shorts del verano pasado que estaban guardados y que de repente le quedan chicos. Hace frío, pantalón y camperas. "Me voy de la abuela", "pero con esta ropa no puedo ir por si me invita a tomar un helado al centro". Fútbol y bicicleteada, todo directamente al lavarropas. Y ni te cuento cuando al amigo se le rompió la bici y con el afán de ayudar a todos, se tiró de cabeza al menester y regresó con todos los colores que la pacha nos regala. Chocolate, un tema aparte, que prefiero no tocar en este momento. Amigo quitamanchas, gracias por existir!
Domingo: asadito no se puede en el departamento, por ende a pedido de la family una lasagna. Manos a obra, y homenajeando a Doña Petrona, condimentos para la antidietética comida dominical. Plancha por supuesto. Esta obsesiva mujer, que soy yo, encuentra un enfermizo placer con esta tarea, no tanto cuando la realizo, mucho cuando veo la ropa perfectamente planchada en el placard. Música y películas, la sal y pimienta de esta casa, mate de por medio, con pastelitos hechos por mí, de membrillo, obvio.
Lunes: suena el despertador tempranísimo y comienza el traqueteo. No soy de las que se levantan temprano, me conformo con ser la comunicadora de que la alarma sonó y pata ancha me acomodo para remolonear un rato más. El orden en el taller es tarea matutina. Los niños que llegan a clases. Nuevos proyectos, nuevas ideas. La noticia de las inminentes evaluaciones de mis chicos modifican mi humor, pero sigo con optimismo.
Martes: clases temprano. Las actividades extras que son muchas y nos mantienen a buen ritmo. Las facturas que vencen. Algún que otro desacuerdo que surge en la cotidianeidad del trabajo. "Má, la impresora se quedó sin tinta!" Si mal no recuerdo nosotros entregábamos los trabajos manuscritos y no se nos caían los dedos. Hacer uso de la arcaica máquina de escribir era un milagro. Ensayo con el coro, agradezco la sencillez de los villancicos. Una cena livianita, un buen baño y a la cama. Insomnio.
Miércoles: alguien puede decirme por qué el sistema educativo cambió la manera en que se resuelven las divisiones? No entiendo, empiezo a sentirme fuera de órbita y el día no termina. Las mujeres del taller de la tarde entre mate y mate me sacan una carcajada y vuelvo al cauce. De repente estoy sola, todos partieron y necesito encontrar algo que me levante el ánimo. Me debato entre el nuevo cd de Luis Salinas que nos deslumbró hace una semana en el Teatrillo Municipal e Ismael que genera en mí un estado de semiinconsciencia.
Jueves: me preparo porque este es un día que termina tarde. Hago planes, sueño con una muestra. Estoy en un parate creativo que me molesta. "Mamá mañana tengo un cumple". "Mami mañana puedo invitar a un amigo porque si no me aburro". "Mañana vence la factura de la luz". Me pierdo la gala del conservatorio por dar clases, a veces las renuncias pesan y duelen, esta es una de esas. Lo que pasa es que tenemos la rara costumbre de comer todos los días y seguimos trabajando. Pero... mañana es viernes!!!
Hoy: me lo tomo con calma.
Los viernes se me asemejan a cuando uno pone primera en el coche, pero aún no sabe hacia donde dirigirse. Son el impulso para un encuentro con amigos, para un asadito en familia, para tomar sol (porque durante la semana prefiero la siesta). Te permiten soñar con romper la rutina, no importa si después las cosas no salen según lo planeado. Es el carreteo antes del despegue final.
Ya sé que mañana todo empieza otra vez, pero me ilumina la posibilidad de ir modificando mi vida constantemente.
Siempre este día ha marcado la diferencia en mi semana...
Antes; llegaba de la facu, me llenaba la bañera, con poca ropa bailaba al compás de la música que salía del tocadiscos que me regaló mi papá hace mil años. Ahora el ritmo no lo marco sola, me acoplo a las necesidades de los míos, a sus deseos, cambio el menú y no me molesta. Porque no estoy sola, el bullicio de sus experiencias hacen que todo tenga sentido. Y espero el viernes para volver a empezar.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Cumpliendo promesas

Hace muchos años, pero muchos de verdad, le prometí a un grupo de amigas que escribiría un libro acerca de mi vida. Según pensaban en ese momento tenía cosas para contar. Hoy algunos dirán que esto no es cumplir con la promesa, pero he intentado tantas veces en una hoja en blanco y no pude, que llegué a pensar que jamás lo haría. Finalmente asumí que me resulta más fácil con la compu.
Habrá quien se pregunte para que escribo, otros se interesaran por lo mismo. En fin, si algo he aprendido a través de los años es que todos tienen y tenemos derecho a opiniones distintas.
Tampoco sé con certeza si escribo para alguien, hoy necesito expresarme y encontré una especie de satisfacción al hacerlo por este medio.
Este será mi cuaderno de viaje, aunque no vaya a ningún lugar lejano y mágico. A veces suelo viajar a paisajes recónditos sin moverme del banco del taller. Me alcanza con un pincel en la mano o una hoja en blanco para dibujar fantásticos misterios en microfibra negra.
Por qué hoy y no otro día...? Tampoco sé eso, como desconozco tantas otras cosas o simplemente no me cuestiono. He dejado de hacerme preguntas, resulta difícil vivir, y si además, lo hacemos con un interrogatorio permanente me parece complejo enfrentarnos a los días por venir.
Ya había decidido empezar a escribir, me había propuesto una fecha y todo el detalle, pero esta mañana me superaron las ganas y aquí estoy.
Qué es una manera de exponerme...? Puede ser. Si me gusta? I don't know. Sé al menos que no me lastima, por ahora digo. Hago catarsis con la escritura en lugar de sentarme en el sillón de Graciela (mi psicóloga, una genia!).
Escucho "No reconozco" de Ismael Serrano justo en este instante. En realidad generalmente lo escucho si debo ser honesta.
La plaza me regala un verde intenso, mechado de sombras donde invita al descanso. Los fines de semana suele estar repleta de niños jugando, de padres mateando, de abuelos, de gente. San Francisco tiene ese que sé yo viste! Algunos días huirías lo más lejos que te permitiera el tanque del coche y otros te paraliza, te cobija, te nutre. Uno fluctúa entre una ambivalencia notoria cuando de esta ciudad se trata. Yo he regresado varias veces a pesar de no haber querido, y una vez aquí te adaptás y empezás de nuevo.
Muchos de mis amigos, compañeros del cole, de encuentros furtivos se fueron a otras ciudades, a otros mundos, otros planetas... Vuelven para reencontrarse con los que se quedaron, a festejar los días de la madre, la navidad, el bien ponderado año nuevo... Pero siempre vuelven. Yo también.