Hizo todo lo posible para que fuese realidad. Usó cada uno de los artilugios que tuvo a su alcance para que todo sucediera. Dejó de lado cualquier cuestionamiento malintencionado que se cruzara por su cabeza y se convenció de que era posible.
Tomó su bolso y corrió hacia lo que suponía era su mejor destino. Se alejó de todos los recuerdos que la atormentaban y allá, sobre el filo del horizonte, se sumó a la urbe que salía del trabajo.
Tenía que encontrarlo, a pesar de la suerte que estaba completamente echada, tenía que encontrarlo. Tenía que decirle que la vida era una sucesión de hechos infames si cada uno seguía un curso distinto, si no aunaban sueños. Debía confesarle que su corazón estallaba en su ausencia, que las fibras de su cuerpo lo necesitaban más que al mismo aire que la rodeaba ahora y en todo momento.
Sin aliento llegó exactamente a la hora que acordaron los astros conspiradores. Se elevaba el humo del cigarro en su boca y lo vió. Nada impedía hacerle saber de la necesidad de su aroma, de la intriga que la acompañaba en las mañanas solitarias. Se encontraba de repente y sin aviso, imaginándose a su lado, oliendo su cuerpo. Y ahora todo estaba a punto de acontecer. Un abrazo compartido y la duda se iría para siempre.
Nada dijo, no salieron las palabras de su boca, se quedó con todos los motivos encerrados en su garganta.
Silenciosamente él la tomó de la mano sin dejar de mirarla a los ojos, sonrió, la besó y juntos caminaron sin hacerse preguntas.
¿Los cuentos se hacen realidad?
ResponderEliminarLo que cuenta es que lo intentó y el instante que vivió.
ResponderEliminarMuy linda historia.